Cervantes, visto desde las ciencias, los rincones madrileños que pisó y la mancheganía del Quijote

Los académicos Benjamín Fernández Ruíz, Luis Prados de la Plaza y Luis Martínez-Calcerrada intervinieron en la tercera sesión sobre el príncipe de los ingenios

 Cervantes, visto desde las ciencias, los rincones madrileños que pisó y la mancheganía del Quijote

Desde el conocimiento alcanzado por las ciencias naturales en la época, pasando por el descuido municipal por la memoria del príncipe de los ingenios, hasta la reivindicación de rincones manchegos sin identificar en las aventuras del hidalgo y su escudero transcurrió la tercera sesión de homenaje a Miguel de Cervantes, organizada por la Real Academia de Doctores de España (RADE).

En la sesión, presidida por el titular de la RADE, Jesús Álvarez Fernández-Represa, acompañado por el secretario general de la corporación, Emilio García de Diego, intervinieron tres académicos de número: Benjamín Fernández Ruiz, miembro de la sección de Ciencias Experimentales, que habló de “Las ciencias naturales en tiempos de Cervantes”; Luis Prados de la Plaza, de la sección de Humanidades, que trató del “Compromiso cervantino en Madrid”, y Luis Martínez-Calcerrada Gómez, presidente de la sección de Derecho, que abordó el tema “La mancheganía en el Quijote”.

El mundo de Cervantes vino determinado por dos hechos fundamentales, según el doctor Fernández Ruiz: la invención de la imprenta por Gütemberg, en 1450, y el descubrimiento de América por Colón, en 1492. Como consecuencia de ambos acontecimientos se extendieron por Europa el conocimiento de nuevas especies vegetales y animales, el afán por el coleccionismo, sobre todo de especies exóticas; la creación de casas de fieras y de jardines botánicos, donde se aclimataban los animales y las plantas traídas del nuevo continente, y el nacimiento de las ciencias naturales: la botánica, la zoología y la mineralogía.

Citó el ponente a cuatro personajes europeos que destacaron por su aportación al avance del conocimiento científico. El primero de ellos, Conrad Gesner, sabio renacentista autor de Historia Animalium, una relación de animales conocidos en aquel tiempo organizada alfabéticamente, que hace referencia, tanto a caracteres morfológicos como a propiedades, referencias literarias e históricas, así como a aspectos medicinales. El siguiente fue Ulises Aldrovandi, discípulo del anterior, que escribió 12 volúmenes de zoología en los que recogió su especial atención a animales mitológicos o de fábulas y dibujó auténticos especímenes quiméricos y monstruosidades animales. Pierre Belón, considerado el padre de la organografía comparada por ser el primero que estudio las similitudes y diferencias entre el esqueleto de un ave y de un mamífero. Sus dos obras fundamentales fueron: Histoire naturelle des Poissons (1551) y L´Histoire de la Nature des Oyseaux (1555). El último de los europeos mencionados, Guillaume Rondelet, es el padre de los estudios sobre los invertebrados marinos de la cuenca mediterránea, con su tratado Universa piscium historia.

Dos naturalistas españoles fueron objeto también de la exposición de Fernández Ruiz: el jesuita José de Acosta y el profesor Bernardo Cienfuegos. El primero fue misionero en Puerto Rico, Cuba, Jamaica, Perú, donde llegó a ser superior provincial, y México. Su obra magna es Historia natural y moral de las Indias (Sevilla, 1590), y está considerado mundialmente como el fundador de la biogeografía. De Acosta se planteó el problema de por qué los animales de América eran diferentes a los de Europa, y propuso tres soluciones para resolverlo: la solución teológica, Dios puso los animales donde quiso; la solución teológica-geográfica: “se conservaron en el arca de Noé y, por instinto natural y Providencia del cielo, diversos géneros se fueron a diferentes regiones”, y la solución evolucionista, por la que admite que los animales sufrieron un cierto “transformismo evolutivo”. Para De Acosta, todos los animales de América no serían otra cosa que una modificación de los originales europeos, lo que supone intuir que existió un paso entre Asia y América en algún momento.

Cienfuegos enseñó botánica en la Universidad de Alcalá, y se le considera el gran botánico del siglo XVII. Su gran obra Historia de las plantas no llegó a publicarse. Se trata de un manuscrito de siete tomos con más de mil dibujos de plantas, algunos en color, que está depositado en la Biblioteca Nacional. Describió gran número de sinonimias y situó las plantas en las diversas regiones españolas.

Madrid y su compromiso cervantino

Hizo referencia el doctor Prados de la Plaza, durante su intervención, a su último libro, La gloria de la literatura se pasea por Madrid, en el que cuenta que Cervantes y Lope, vecinos ambos de la capital, se tenían amistad. Desde que nace Cervantes hasta la muerte de Lope, hay una distancia de 88 años, de los que convivieron 54, apuntó.

Releyó el conferenciante su último discurso, pronunciado hace 25 años en la plaza de España ante el monumento de Cervantes, titulado Compromiso cervantino de Madrid, cuando era vicepresidente de la Sociedad Cervantina, ocasión en la que el Ayuntamiento les dejó plantados sin una disculpa, y el monumento se encontraba en proceso de restauración. “No parece sino que Quijote y Sancho, a lomos de sus cabalgaduras y chorreando desaliños, anden pensando en alejarse de aquí mismo, en bronce como están, huyendo de la desaprensiva ciudad que no termina de abrir los brazos sinceros como los molinos”. Rememoró la figura de Cervantes recorriendo sus habituales calles, desde la esquina de la calle del León, en el corazón del barrio de las Musas madrileñas, para ir en busca de la soledad y el silencio del convento de las trinitarias. Muere el príncipe de los ingenios cuando Góngora va a cumplir 55 años y Saavedra Fajardo tiene 32, Quevedo avanza en los 35, Baltasar Gracián se asoma a los 15 y Calderón se acerca a los 16. Cumplía nueve años el autor del Quijote cuando Carlos I decide retirarse en Yuste. Coinciden sus últimos años con los de la sublevación morisca en la Alpujarra. Había asistido en directo a las noticias de la Armada Invencible, y vivió mientras el Greco pintaba en Toledo y Juan de Herrera levantaba el monasterio de El Escorial.

Una lápida, un retablito y un monumento, prosiguió, están localizados en el triángulo madrileño que más pisó Cervantes en sus últimos años. La primera, en la casa construida durante el siglo pasado sobre el solar de la esquina León-Cervantes, reza: “Aquí vivió y murió Miguel de Cervantes Saavedra, cuya imagen admira el mundo”. Concluyó Prados de la Plaza su evocación relatando que “en todos los portales de este barrio, que acabo de repasar en reiterados paseos de meditación por los espacios del aire que recuerdan el curso cervantino, aparecen clavados unos medios de comunicación vecinal. Se rematan con un detalle de la fecha de hoy: ‘Se interesa el Ayuntamiento de Madrid y el Área de Medio Ambiente por la recogida gratuita de muebles y trastos viejos en la acera, delante del portal. Sáquenlos el día 23 de abril, entre las 21:00 y las 22:00 horas. Durante la noche los recogeremos’. Así que ya lo saben, hoy, además de la Feria del Libro, se sacan trastos viejos y almonedas rotas en la calle”.

La alameda de Herencia

Habló el doctor Martínez Calcerrada de La Mancha, como manchego de pro e hijo predilecto de su Herencia natal, que retrató como región fronteriza, sobre todo, con Extremadura, hasta el punto de que el idioma es muy parecido, aunque el manchego se aleja de la afinidad del extremeño con el andaluz.

Pasó a resaltar el papel de su Herencia originaria en el texto quijotesco. En el título octavo del libro primero se relata que, después de haber estado en los campos de Montiel, llegan don Quijote y Sancho a los molinos de viento de Campo de Criptana, a unos seis o siete kilómetros de Alcázar de San Juan. Es entonces cuando el caballero se ofusca al ver las aspas tremendas de los molinos, y decide enfrentarse a los que toma por gigantes. Tras el lance del que tan mal parado sale, don Quijote contempla con tristeza su lanza rota, y determina dirigirse con su escudero a Puerto Lápice para repararla. Al pasar por Alcázar de San Juan, buscan una alameda para reparar el arma fracturada con una rama de roble, alameda que, subraya Martínez Calcerrada, solo puede ser la de Herencia, conocida por el nombre de la Serna. “Aunque Herencia no se cita nominalmente, está presente en el relato de esta aventura. Esto no es inventarse nada, porque es muy conocido de cualquier lectura contemplativa de la obra”, precisó el ponente.

Y acabó su disertación destacando la dualidad de subconsciente que existe entre Cervantes y el Quijote, una relación que, como mantiene el relevante especialista Alonso Fernández, revela que había una bipolaridad en el cerebro de Cervantes, que anhelaba haber sido de la estirpe de don Quijote y haber vivido el papel de su personaje.